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¡Es curioso!, somos obsolescencia neuroquímica programada, un neotérmino que hace parecernos a nuestro «Iphone» o un simple «yogurt«.

Productos de esos que encontramos en nuestro bolsillo o nevera, pero no nos paramos ni a pensar que tienen una fecha programada de caducidad. En esta vida, no hay nada que no caduque, aunque lanzo el reto de que me digáis aquello que no caduca (no me digáis un diamante cabrones, que os conozco). Ni me vale que digáis que es el tiempo ya que es la consecuencia de un entrelazamiento cuántico, así que los reto, pero no quiero hacer pensar demasiado en este tema que no es el objeto del texto.

Tomemos el axioma de que «todo caduca».

Percibimos el mundo conforme a variables genéticas, de ambiente y neuroquímicas (incluyo aquí la experiencia) y lo conformamos como una verdad absoluta a todo lo que nos rodea sin pararnos pensar lo sintético que nos hacen esas tres variables.

El otro día hablando con un amigo químico, me decía que el origen de todo en como conformamos el mundo era la química. Haciendo un intento en refutarlo, llegue a la triste visión que es la neuroquímica, la que hace que actuemos de una forma u otra en la vida, es la consecuencia, no la causa de nuestro comportamiento que es nuestro ser (percibido).

Es verdad que no nos gusta saber que estamos determinados (¿has visto Matrix?), por lo menos a mí no. Nos gusta pensar que somos auténticos y que «somos conforme queremos«, pero nada más contrario que esa afirmación.

Somos sintéticos en cada segundo que nos despertamos y respiramos. Desde un aumento del cortisol por estados elevados de estrés, pasando por un simple problema de tiroides o una vivencia que nos hace «rumiar» y cambiar nuestros procesos neuroquímicos bajando nuestro estado de ánimo a niveles que no conocíamos. Esos cambios harán que nos comportemos de una manera u otra, no tu decisión de comportarte de esa manera, de ahí el símil de la obsolescencia neuroquímica y la mentira.

La debacle.

Hay una canción de Nacho Vegas, Monduber, que dice «¿crees que puedes decidir irte o quedarte?«, así que lanzo esta locura de sinrazón de pregunta:

¿Cómo controlamos nuestra felicidad?

Escribo el «Obsolescencia neuroquímica como primera aproximación catárquica en la que entender que todo cambio no tiene ni pasado, ni presente, pero sí futuro.

La mejor manera, es estar preparado para la debacle del cambio. De esto hay bastante literatura ilustrada y de neocoaching (que alguno no sirve para limpiarse en el WC), pero existe literatura suficiente como para entender que es eso de la resiliencia y de la toleracia al cambio o frustración.

Aquí los que me conocen sabrán que soy un especial defensor del caos. Creo firmemente que el caos es necesario para cualquier cambio. Todos los cambios importantes en nuestra vida vienen precedidos por un presagio de desastre o de caos cuyo premio es esa modificación de conducta.

Puede que el caos tenga para ti un locus externo o incluso interno y te hace creer que nuestro presente es sólo culpa de una o varias variables. Tengo que decirte que nada más alejado del acierto (no, la culpa no es de lo demás).

«Tú y solo tú eres el único culpable» (es como sigue la canción). Ahora que es asumido esta afirmación por todos, veamos un ejemplo. ¿Os habéis enamorado alguna vez?

Quiero provocar una emoción, en este caso de sorpresa cuando os diga que es mentira y sintética.

El amor: La primera fase que crees que controlas.

¡Amor! sí, esa reacción neuroquímica en la que actúan la serotonina, la dopamina, oxitocina… Cuando esa química desciende, la psique la interpreta como una pérdida de amor (MacDonald & MacDonald, 2010), así que tendríamos que volver a «drogarmos» para permanecer enganchados a ese amor. ¿Qué te parece esa afirmación?

El amor caduca. No lo olvidemos. El control es una ilusión cuando no tenemos un interruptor que aumente o disminuya nuestros neurotransmisores. ¿Os imagináis una pastilla que ayude a enamorarse? ¿Es más o menos sintético que la voluntad actual que vivimos?

Tengo una amiga que dice que el 70% del amor se basa en conectar en el sexo. El resto lo veo como un factor que mezcla inteligencia, atracción física y conductual. Así que, si no funciona algo en la relación, piense si es usted tonto o tiene que hacer algún taller para que le expliquen qué es eso del sexo aunque también puede darse que tenga conductas de bonobos.

Partiendo de esa afirmación, ¿cómo es posible que sigan apagándose relaciones? ¿Qué crees que hacemos para que se apaguen? ¿Mantenemos nuestros niveles neuroquímicos a raya? ¿Qué tiene que ver aquí la conducta?

La mentira: La Fase autoengaño.

«Ven cariño, acompáñame al desastre«. (Continua Monduber de Nacho vegas).

Así empiezan todas las relaciones. Quiero explicarme. La mentira es la manifestación de cambiar u omisión de datos que puedan establecer una imagen fiel a la realidad que se manifiesta. Sorprende que cuando hablo de la mentira, la omisión del dato de forma voluntario no lo toman como mentira.

No lo digo yo, pero es demasiado real como para hacerla verdad en nuestra conciencia. ¿Por qué se separan las parejas? Las hay que rompen por no decir desde un primer momento su verdad. La verdad sin omitir o cambiar la realidad. ¿Estamos preparados para aceptar la verdad? 

¿Cómo afecta la verdad a nuestra psique?, ¿no sería más cómodo vivir en mentiras que nos hagan el día a día mejor y no manejar nuestras disonancias cognitivas? ¿Y la felicidad con la verdad absoluta?

Lo que duele: La verdad.

No estamos preparados socialmente para la verdad. Somos una sociedad de protección y sobreprotección. Esto provoca que no queramos hacer daño a las personas que están en nuestro círculo más proximal. Un ejemplo es decirle a una persona que «no vale para algo«, hay una corriente que dice que todos podríamos llegar a ser lo que queramos ser (efecto Pigmalión).

Otra diría que no somos nadie para decirle a alguien lo que puede o no hacer e incluso nos podríamos encontrar los personajes espejo que dirán «pues tú tampoco«. Cualquier argumento no quita para que la verdad prevalezca. Hay dos cosas únicas que prevalecen en esa verdad: Un hecho y el tiempo.

El que no vale para algo no vale para eso, aunque para otra cosa pueda que sí. ¿Somos capaces de soportar la verdad? ¿Y si le dices la verdad a tu pareja?, ¿seguiría contigo? ¿Seguro con una verdad absoluta?

Hay que tener mucho ego para dar por afirmativa esta respuesta sin pensarla.

El teatro. Lo que no somos, pero somos.

Somos lo que queremos ser, no lo que somos. Aquí Lacan tendría mucho que decir, aunque esté alejado del método científico.

¿Qué papel juega la mentira en tu vida?, es decir en aquello que no soportas y lo enmascaras en otra realidad. Quizás salgas de casa con una sonrisa cuando tu vida es una auténtica mierda.

Vivimos en una «happymania» diaria. Ya no se nos permite decir las cosas como son, si no están edulcoradas. Socialmente se sobreprotege a tener que decir todo en algodones. ¿Cómo crees que afecta esto a tu diario relacional en pareja? ¿Soportamos una discusión?, ¿un cambio de posiciones en argumentos?, ¿una nueva realidad manifiesta?, ¿espíritu crítico de dos personas con posiciones totalmente dispares en política? Las hay, no tomes esto como valores absolutos, eso sería reducirte a la izquierda de Gauss. No es eso, es pensar en qué es la verdad y cómo nos modela.

La felicidad.

Como dice Eduart Punset, la felicidad es la ausencia de miedo. Entonces, ¿cómo nos afecta la verdad absoluta al miedo de la respuesta?

Al final volvemos a la neurobiología. Somos felices mientras nuestros neurotransmisores están activos para ello, por lo que engañarlos no nos viene nada mal de vez en cuando.

Seguro que tampoco dices la verdad como estrategia de supervivencia de manera inconsciente.

Me juego una cerveza.

R.

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