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Quería escribir sobre la felicidad del cliente, pero lo que realmente tengo ganas es de contaros una historia. La historia de como la felicidad de un proyecto no sirve de nada.

Este cuento es una pequeña pataleta que tenía guardada desde hace mucho tiempo, en la que sería injusto señalar a nadie, pero en la que si miramos a nuestro alrededor, seguro que vemos reflejada alguna sombra de lo que escribo. Espero que lo disfrutes tanto como a mi me ha entristecido recordarlo y escribirlo.

 

¿En qué se parece un cirujano, un mecánico y un cliente?

La verdad es que espero que no tengáis nunca que pasar por un cirujano o un mecánico. Haz memoria. Seguro que si has pasado por ello, recuerdes como era el momento. ¡Claro que lo recuerdas! Estaba escondido en tu gran mente como algo trágico, algo lleno de necesidad, desesperación, malestar, desilusión y ganas de que nos dieran una solución aceptable, inmediata y acorde a lo que todavía no sabíamos que ocurría en ese momento.

Uno llega al mecánico porque no le funciona el coche, o en mi caso, la moto. Una pequeña moto roja y antigua. Pues con total desesperación voy al mecánico, ya que uno no sabe si lo que no funciona es una simple bujía o se ha estropeado medio motor y hay que llevar a ese cuatro latas roja al desguace.

Cada profesión tiene un determinado vocabulario. Yo desconozco el de la mecánica. Palabrotas como DIS, retenedor de válvula, oring… hacen que mi moto cobre una importancia desconocida como acelerar una partícula en el CERN. Es por ello que la angustia que me genera no conocer el idioma, su vocabulario, su técnica, sistemas o teoría me hace valedor de entregar toda mi confianza hacia el mecánico. Mi mecánico.

 

Algo parecido pasa en la medicina con los cirujanos. Llega el día en el que no estamos tan «todo terreno» como a los 15 años y entramos en una sala de espera con una anamnesis, que a través de una auditoria o pruebas diagnósticas nos lleven de camino a una pequeña, mediana o gran cirugía.

Ni que pensar la sensación que tiene el lector al imaginar al entrar en esa inhóspita sala de operar. Fría, con olor químico en la que cada segundo se confunde con fracciones de hora. En las que todo nos es extraño. Sin aquello que conocemos. Con un equipo que se nos hace lejano, pero al que le confiamos nuestra vida.

Cuando entramos con un diagnóstico, que con mucha suerte desconocemos, nos ponemos en manos de un profesional cirujano y dormimos como angelitos con una buena dosis de anestesia. El último suspiro y aliento antes de que se caigan los párpados es el de que «todo salga bien«.

 

 

Nos suena el teléfono y es el mecánico. Una sensación entre miedo y alegría recorre nuestro cuerpo. Nos dice que ya podemos pasar a recogerla. ¡Bien! llegamos a pensar. Nos dirigimos al taller. Con cierta sonrisa en la comisura de los labios vemos nuestra moto aparcada en ese garaje grasiento, pero allí está ella, limpia e impecable. Parece que fue ayer cuando la compramos. ¡Joder! Le han quitado unos años de encima. Nos creemos que está nueva.

Ahí es cuando el mecánico nos cuenta la historia rocambolesca de que le ha pasado a la moto y bla, bla bla, así que terminamos pagando con una sonrisa (recuerda que el especialista es el. Nosotros sólo hemos depositado la confianza en que todo vaya bien).

Efectivamente. ¡Cómo suena de bien! !La han dejado nueva! es de los pocos pensamientos que se nos vienen a la cabeza una vez pagada la factura. Creo que en esa semana hablamos de nuestro mecánico como un super héroe. «El hombre que es capaz de arreglar cualquier moto estropeada«. Todo es alegría.

Cuando salimos de un quirófano, lo primero que preguntamos es si todo ha ido bien. El cirujano nos mira con esos ojos de seguridad y nos dice que todo ha ido fenomenal. Otra vez podríamos decir que la alegría y felicidad nos recorre. Vaya trabajo bien hecho. Cuanta calidad humana en sus palabras y qué técnica en sus servicio. Deseamos llegar a casa, y si somos generosos, dotar con un obsequio a un profesional de su talla. Teníamos tal confianza en el cirujano. Sabíamos como clientes de esa operación que no nos fallaría.

 

La felicidad del cliente.

Como clientes de este cirujano o mecánico no sólo podemos conformarnos que, con total desconfianza y desconocimiento a su profesión, hayan hecho un trabajo visiblemente correcto. Quedarnos ahí sería de una simpleza supina y amargaría la inteligencia del lector.

La motocicleta puede estar limpia y arrancar, pero el mecánico no haber sido profesional y no haber cuidado los detalles para los que entonces habría usado piezas de otras motocicletas por allí abandonadas. Todos sabemos que a simple vista no nos daríamos cuenta (siendo amateurs como el 98% de los lectores), por lo que se reduciría la calidad de la reparación, que a simple vista parecía ir de diez. Si se estropea otra vez, sería culpa de otra palabrota que solo ellos conocen y vuelta a empezar con el engaño.

Ni imaginar quiero que un cirujano no sea profesional y donde tendría que realizar una intervención, hace otra chapuza que a lo largo podría costarnos la saludo o hasta la vida.

 

Nuestra felicidad.

Cuando realizamos un trabajo para un cliente, sólo nos podemos conformar con que el cliente esté contento. Le guste o simplemente se deje llevar por la explosión de entusiasmo que trasladamos. El trabajo que realizamos desde dentro, tiene que ser impecable. El cliente es lo más importante  Es su salud. Su motocicleta o su proyecto. No podemos dejarnos llevar por proyectos que estén fuera del alcance y conocimiento del equipo, del cirujano o el mecánico. Sino, tarde o temprano, cualquier profesional del sector se dará cuenta y sólo nos quedarán excusas.

Hablando de excusas, he llegado a escuchar a compañeros de la profesión comentar en tertulia los proyectos que habían ganado, ejecutado o realizado y que en estos existían errores profesionales de peso, pero en las que la respuesta por parte de esos profesionales era que el cliente estaba contento.

La verdad es que me avergüenzo de algunos cirujanos de carrera o simples mecánicos. Ser profesional empieza por los detalles que no sólo los de tu nivel ven, entienden o se darían cuenta. Ser profesional es ser feliz viendo como los proyectos se hacen con rigor, nivel y calidad.

 

Tenía que escupirlo después de tanto tiempo. 

 

Seguimos,

R.

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